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Este es el título del último libro de Jeffrey Pfeffer, un ensayo –casi manifiesto– que se pregunta cómo es posible que prestemos tanta atención a la sostenibilidad medioambiental y tan poca a la humana.

O en otras palabras ¿qué es más importante, la contaminación medioambiental o la que provocan las organizaciones en el trabajo, eso que él denomina contaminación social? Como dice Pfeffer por la boca de Bob Chapman, refiriéndose al caso americano… sin duda más extremo que el nuestro, algo que, sin embargo, no resta poder al argumento:

“El 74% de las enfermedades son crónicas. La mayor causa de las enfermedades crónicas es el estrés y la mayor causa del estrés es el trabajo”.

Aunque las cuestiones que analiza en el libro son muchas, un enorme y creciente problema son los aspectos ligados con el “overwork”, es decir con el exceso de trabajo en términos de esfuerzo, más allá del número de horas implicadas. Es lo que los sociológos del trabajo denominan la “intensificación del trabajo”, una dinámica global que afecta a todo tipo de trabajadores y de forma particular a aquellos a los que habitualmente se considera “privilegiados”, los trabajadores profesionales.

No hace falta irse al caso extremo de la llamada «rotonda mágica» en la banca de inversión, donde el taxi lleva al empleado a casa, espera fuera mientras se ducha y cambia y le conduce de vuelta para empezar otra larga jornada, sino que la intensificación del trabajo es habitual en el “glamuroso” y prescriptivo Silicon Valley… En este lugar “ejemplar?” se cuenta el caso de la Palo Alto Medical Foundation, una organización que ofrece servicios médicos «móviles» (en una furgoneta) a empresas tecnológicas porque sus trabajadores no parecen tener tiempo ni para ir al médico. El trabajador tipo que encuentran allí, ese trabajador de que a menudo se prescribe como “ideal”, es el de un ingeniero de 30 años con cuerpo de 50, con barriga, hernias, falta de vitalidad y con riesgos de diabetes y enfermedades de corazón.

Aunque el caso americano pueda representar un caso extremo de obsesión por el trabajo (donde un 50% de los empleados no usan todas las vacaciones, un 62% van enfermos al trabajo, un 25% no tienen vacaciones pagadas…), están en sintonía con dinámicas de intensificación del trabajo que están arrasando España y Europa. En España, ese país con la fama de la siesta, la intensidad del trabajo (en definitiva, el esfuerzo que pone la gente en el trabajo) ha crecido la barbaridad de un 50% entre 2000 y 2015 (según las Encuestas Europeas de Condiciones de Trabajo, la fuente más potente a nuestra disposición).

Como nos podemos imaginar, esto tiene un impacto en las personas… El exceso de dedicación se vincula con la reducción de la creatividad, con más errores, con peores decisiones… y en definitiva con una reducción de la calidad, en sentido amplio. Pero, aún más grave, los efectos en la salud de las personas van mucho más allá… efectos generalmente mediados por trastornos del sueño y según sugiere Pfeffer por el aumento en el uso de estimulantes (según señala en el libro, en EE.UU, las visitas a urgencias ligadas con estimulantes parecen haberse triplicado entre 2005 y 2011).

Aunque el entramado de razones causales inmediatas y mediatas es complejo, Pfeffer destaca la necesidad de “señalizar compromiso” en un contexto competitivo donde el estar ocupado se ha convertido en un símbolo de estatus…es decir apunta directamente a la importancia de las cuestiones simbólicas, más que a las estructurales, al menos para este tipo de trabajadores.

¿Cuándo este enorme y creciente problema personal, organizativo y social tendrá la visibilidad que se merece?

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